domingo, 6 de noviembre de 2011

El Cuento

Pues bien, como se habrán enterado quienes acostumbren visitar este blog, hace poco mi hermano se mudó. Lo que seguramente no saben es que yo pasé a ocupar la habitación que solía pertenecerle, y en todo el merequetengue necesario para acomodar mis cosas, hallé un viejo manuscrito, un cuento que escribí hará cosa de tres o cuatro años, titulado precisamente así: El cuento.
Sin más que decir, lo pondré aquí, espero que lo disfruten.


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Érase una vez un cuento. Este cuento se sentía triste porque no sabía de qué trataba. 

Era un cuento con severos problemas de identidad.

No sabía si era drama o comedia, terror o reflexión, si acaso tenía moraleja o su único fin era el de entretener a los lectores, y esto, esta incertidumbre lo preocupaba muchísimo, lo llenaba de ansias y no lo dejaba dormir. Tan grave era la situación que se sentía deprimido.

A lo mejor era un cuento emo.

Pero no se cortaba las venas.

El cuento se sentía cada día más preocupado, y de tan preocupado que estaba, es natural que se decidiera a acudir a la ayuda profesional de un psicólogo. Sin embargo no era un psicólogo cualquiera, no. Éste, era un psicólogo de cuentos.

Veréis, el psicólogo era un relato con larga experiencia y grandes conocimientos acerca de "la vida, el Universo y todo lo demás"; tenía un lenguaje pulcro y claro, era extenso y podía hablar de varios temas a la vez, podía sostener varios hilos argumentales sin perder su unidad de acción. Había incluso algunos que lo consideraban una novela. Pero el relato era, ante todo, muy modesto y se presentaba a si mismo como un sencillo cuento igual a los demás, por ésta razón los demás cuentos y relatos se sentían a gusto en su compañía y confiaban en el, le contaban sus penas, le pedían consejo... Fue así como tomó la decisión de volverse un psicólogo de cuentos.

Y nuestro cuento ocupaba urgentemente de sus servicios: esa incertidumbre de no conocer el tema del que hablaba, quiénes eran sus personajes, sus géneros o cuando menos en qué época estaba ambientado comenzaba a desquiciarlo, se ponía a hablar con sus compañeros cuentos, intentaba averiguar tanto como le fuera posible acerca de sus vidas, sus gustos, todo con el afán de intentar conocerse a sí mismo un poco más. Era tanto su anhelo por saber acerca de sí mismo que en más de una ocasión pensó matar a otros cuentos para poder abrirlos y estudiarlos por dentro, todo ello en aras de comprenderse un poco mejor.

Conforme los días avanzaban, el cuento le contaba más y más cosas al relato: su vida, sus hábitos, sus gustos, sus disgustos, le hablaba sobre cuánto le apasionaba la arquitectura y cómo de alegre se sentía en las tardes soleadas, el aroma del trigo en tiempos de cosecha y en fin, un muy, muy largo etcétera.
Más era tal su problema de falta de identidad que incluso el mismo psicólogo se sentía confundido, y como este dicho problema a los otros cuentos les causaba más bien una estrepitosa carcajada, nuestro joven cuento terminó por alejarse de todos ellos. De todos menos del psicólogo.

Conforme pasaban los días, y luego las semanas, y más tarde los meses, el psicólogo y el cuento se iban involucrando más y más uno con el otro, el primero le daba al segundo consejos y ejercicios para que tratara de definirse, sin embargo al cuento no le funcionaban.

Eventualmente el psicólogo comenzó a contar sus propias vivencias a su paciente, y la confianza entre ellos creció hasta convertirse en una profunda amistad, y por la que el psicólogo decidió, finalmente, que debían realizar un viaje largo, porque estaba convencido que en ese viaje el joven cuento encontraría lo que necesitaba para terminar sus problemas.

Una mañana, el relato y el cuento se marcharon temprano, casi con la bruma, antes que llegara el rocío, y en la villa no se supo nada de ellos por muchos, muchos años.

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El relato ahora parecía pequeño a su lado: la extensión del cuento había cambiado en sus años de búsqueda y ahora resultaba majestuosa, galante, extraordinaria.
Cuando llegó, todos los cuentos de la villa de cuentos se sintieron admirados al verlo, y cuál fue su sorpresa al enterarse que esta increíble novela era el mismo cuento al que solían relegar en el pasado.

Pero el cuento del que os hablo descubrió que en esa villa ya no se sentía cómodo, y en ese momento tomó la decisión más importante que tomaría a lo largo de toda su vida: Nuestro querido cuento decidió existir.

Se despidió del relato, su mejor amigo, y de todos los otros cuentos que una vez se burlaron de él, y partió en busca de las manos de algún escritor talentoso.

Y así nació "El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha".


Pero... no le digáis a nadie.




AM

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